divinaComo si de un sueño se tratara. “Si podéis sentir que está vivo un paisaje y una ciudad

[…] entonces este es un sueño que me resulta veraz”. Pero todo sueño bien considerado puede tornarse un giro decisivo en la vida de las personas.
Así pretende presentarnos a Santa Teresa de Jesús el personaje que alegoriza a la ciudad de Ávila en el comienzo de la obra del grupo “SYMBOLUM”. Realmente presenta una ciudad que vive, que vio nacer a una auténtica doctora de la Iglesia, a una santa que ha movido millones de almas a seguir los pasos de Cristo y, entre sus murallas, resonaban sus sonrisas, sus juegos de evangelización, su espíritu alegre incansable, su mano servicial, y su amor de Dios constante y siempre ascendente. Muestra a un espíritu de pluma y papel para quien el tiempo era una cuenta atrás y, la vida, un río que sólo podía desembocar en la “enhorabuena” de fundirse con su Amado, con su Esposo.

Realmente, me fascina cómo el engranaje que mueve toda la obra no es otra cosa que la oración. Un regalo tan precioso que Dios pone en nuestra vida “como un coloquio de amor con Aquel que bien nos ama”, se hace poderoso en los momentos álgidos de la representación. Un acompañamiento musical excepcional y bien encajado, fragmentos recitados de los propios escritos de Santa Teresa, expresividad que nos transporta al corazón de la santa; todo ello rellena cada rincón de la estancia como una inundación de emociones que embarga sin piedad hasta el más diminuto y frío corazón.

Recorremos los instantes clave de la intensa vida de nuestra protagonista abrazándonos a la esperanza de que, gota a gota, nunca cesen de entregarnos más. Iniciamos el recorrido con su infancia, atravesando su “sí” definitivo a Dios, y aterriza en nuestro momento personal como una abeja que poliniza una flor. El abandono de la oración se hace presente y viene a recordarnos que la Historia ya ha pasado por lo que vivimos hoy, que pretendemos aconsejar al tiempo en vez de dejarnos guiar por él, y que sea Dios el motor de nuestra vida.

Aun así, pese a que el conflicto interior donde la oración era la llamada de Dios y el mundo su cadena, “quien a Dios tiene, nada le falta”. Guiomar de Ulloa revive el éxtasis que sufrió Santa Teresa y la representación nos empuja a adentrarnos en la declaración de amor de la santa a su Amado. Un brillo dorado como si de la escultura del gran Bernini se tratara, remueve nuestra imaginación en una peregrinación, un desierto personal, donde el desasimiento de uno mismo es nuestra guía y el abandono en el amor de Dios nuestro sendero.

“¿Qué mandáis hacer de mí, Señor?”. Y yo me pregunto, ¿alguna vez ha importado? Porque quien hace la ley, hace la trampa, y Santa Teresa se responde a sí misma y nos da un principio de vida inamovible en nuestro recorrido como cristianos: Hay que decir a todo que sí.
Jesús nos llama a ser felices y, de la misma manera que fue perseguido (y hoy sigue siendo perseguido), la dificultad del camino es una bendición en tanto en cuanto nos da una razón más para encontrarnos con Él en la oración. Con paso firme, y sin volver la mirada, Teresa de Jesús llegó a obviar lo que hacía e incluso renunciaba al descanso para ello y aquí radica otro pilar fundamental que la representación rescata: “en el obrar su deseo está mi regalo”.
¿Qué mayor regalo hay en cada latido de nuestro corazón que su razón de hacerlo sea el Amor de Dios? ¿Qué gran bendición puede llegar a ser que el sentido de tu vida sea amar y tan solo amar? Santa Teresa exprimió todo su don hasta llegar al punto de decir “ya no hay división entre Dios y mi alma”.
La devoción por San José y el acompañamiento de Nuestra Madre siempre iban de la mano con ella pero el colofón, la fuente de su espiritualidad, se encontraba en el Santísimo Sacramento. Una llamada incansable al reconocimiento de Dios en la Eucaristía pues, no pudiendo verle con nuestros ojos, que sea el alma quien le descubra.

Hace poco tiempo, leyendo el mensaje de Cuaresma del Papa Francisco en el grupo de jóvenes, comentábamos la importancia de recuperar la pasión por la Eucaristía. El mirar a Cristo con los ojos del corazón pues en Él reposan los pecados de la Humanidad y qué mejor manera de reconocerle que a través del Santísimo Sacramento, arrodillándonos con nuestra humildad en las manos para entregársela y que Él le dé forma con todo su Amor. Santa Teresa vuelve a abrazarnos con sus palabras para recordarnos que, sin tener que hacerlo, Cristo nos ama y engrandece nuestra nada con ello.
No puedo olvidarme de la presencia de San Juan de la Cruz con su noche oscura y la motivación que supuso para Santa Teresa en toda su vida, de la misma manera que puede ser en la nuestra. De esta amistad llega a surgir algo tan preciado por todos como los escritos de “Las Moradas” que sitúan a Dios en el centro del castillo que es nuestra alma. También tienen notable presencia Ana de San Bartolomé, madre carmelita, y la duquesa de Alba consorte Dª María Enríquez, que acompañaron a la santa en momentos decisivos.

En definitiva, ¿qué supone la experiencia de un encuentro tan profundo con los pilares espirituales de Santa Teresa de Jesús de la mano de “SYMBOLUM”? Un soplo de aire fresco en el camino de una nueva y sincera conversión en este período de Cuaresma.
El redescubrimiento de la oración es siempre un recorrido a medio hacer a cada momento de nuestra vida. Quizás tengamos la sensación de que lo que hacemos es suficiente pero, si no somos constantes y damos pasos cada vez más firmes hacia el encuentro personal con Dios, puede ocurrirnos lo que a Santa Teresa, que pasemos de la acción a un aconsejar sedentarizante y nuestra oración se marchite como una flor que no se nutre.

El evangelio del miércoles de ceniza nos ilustra con la imagen del Dios que está en lo escondido para que, lo que hagamos, lo hagamos con Él, para Él y por Él. Es amarrar la humildad con la firmeza de un nudo y con la ternura de una madre que acaricia su bebé. Dios no deja de buscarnos nunca hasta que nuestros labios apelan a Él, “¿qué mandáis hacer de mí?” Pues hágase tu voluntad y no la mía, y dibújame una sonrisa en la paz y en el llanto, y hazme hacer y hazme vivir, y que mi vivir sea amar, aunque no pueda dejar de sufrir. Que obrar tu deseo sea mi más preciado regalo.

Pero lo más importante, aquello por lo que el desierto de la conversión llena mi corazón de alegría, es la búsqueda de tu premisa, santa Teresa, aquella que recitaba: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. Hoja seca de otoño que otros vieron en su esplendor, pero que ahora que se desliza sobre mi mano amparada en nostalgia, pero que algún día volveré a ver brillar colgada en su rama, florecida.
Y me uno al deseo que nos brinda Ávila en su primera intervención, pues si una ciudad puede soñar, mi sueño puede ser “que los escritos de Santa Teresa nos muestren a Dios en cada morada”.

Francisco Javier «Kiko» Muñoz Díaz. Parroquia de San José