_DSC2091Y es que el amor se hace presente cada día, a cada instante, en los pequeños detalles, hasta incluso en la cárcel. Sí, has leído bien, en ese lugar donde las personas están privadas de libertad. Suena todo un poco extraño, pero es que no me he presentado; soy voluntario en la pastoral penitenciaria de la Diócesis y el pasado martes diez de febrero fui invitado al enlace de Laura y Javi en la “Torrecica”.

            En mitad de la rutina, de la frialdad en el trato diario entre rejas, surge la fiesta del amor que rompe los esquemas de los días grises allí dentro. Al poner los pies se respiraba a boda en su máximo apogeo, un ambiente diferente, había nervios porque todo saliera a la perfección. Poco a poco nos íbamos acercando al lugar del encuentro donde la pareja se intercambiarían el “sí quiero”. No faltó de nada donde además de los nervios lógicos, se estremecían en las caras de los allí presentes, momentos de sonrisas, expectación, acompañamiento, buenos deseos y por supuesto al final ¡el arroz! En cuanto a los protagonistas me emocionó su opción por el amor, así en su sencillez, desde la libertad; justo allí donde no la hay sí que optaron libremente el uno por el otro. Porque “el amor no acaba nunca” nos recuerda San Pablo en su carta a los Corintios.

            Me hizo cuestionar cuáles son el porqué de mis deseos. Hasta dónde llega mi entrega por quienes más quiero y tengo más cerca llegando incluso con quienes me cruzo por la calle y ni conozco. Pues yo que gozo de algo más de libertad ¿cómo vivo ese amor?, con prejuicios o desinteresadamente…

José Alcalá Cuenca